BLOQUE II. MODELOS ECONÓMICOS EN MÉXICO (1970 - 1982) Modelos económicos en México previos a 1970

El desempeño de la economía mexicana en los tres decenios previos a 1970 fue muy acelerado y transformó al país y su sociedad. El crecimiento vino aparejado por el aumento de la población y de las ciudades, de la producción y de muchos indicadores sociales, como la educación, la salud y la esperanza de vida.

El modelo económico que siguió el país en esos años se denominó de diversas maneras, según su óptica de análisis: “desarrollista”, “de sustitución de importaciones”, “desarrollo estabilizador”, “desarrollo hacia dentro”, entre otros. Cada una de estas maneras de denominarlo subraya diversas características de la forma como se desenvolvió la economía y sociedad del país desde los años treinta hasta 1970. A continuación te presentamos los antecedentes de este modelo económico.

Concepción del Estado Benefactor

Años antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial ocurrió la crisis de la Bolsa de Nueva York de 1929, el 24 de octubre de ese año, fecha conocida como Jueves Negro, fue muy grave en Estados Unidos y se propagó por todo el mundo, por ello se le denomina la Gran Depresión o Crac del 29. Los precios de las acciones de las empresas que cotizaban en la bolsa se desplomaron de un día para otro. Esto ocurrió como consecuencia de una saturación del mercado, es decir, había un fuerte excedente de bienes y productos en la economía y, por tanto, los precios descendieron a tal nivel que ocasionaron esa grave crisis. En particular, los precios de los bienes agrícolas colapsaron y, en consecuencia, alrededor de la mitad de los dueños de las granjas se vieron en la necesidad de hipotecarlas; aun vendiendo el total de su producción, los granjeros no fueron capaces de pagar sus deudas y quebraron. El desempleo se propagó a otras industrias y llegó en poco tiempo a más de 25% de la fuerza de trabajo. Ante esa situación de crisis, el presidente Herbert C. Hoover (1874-1864) no logró reelegirse. Triunfó el candidato demócrata, Franklin D. Roosevelt (1882-1945), quien impulsó una política encaminada a resolver el problema del desempleo y apoyar a la población más afectada por la crisis.

La respuesta del presidente Roosevelt fue el llamado New Deal (Nuevo Pacto), que consistía en implementar una serie de programas de apoyo al desempleo a través del desarrollo de obras públicas que utilizaran la mano de obra en forma intensiva, a la vez que sirvieran de inversión para lograr un desarrollo futuro, así como acciones para la recuperación de los precios que habían caído de modo significativo por medio de compras del gobierno de esos productos para luego entregarlos a la población más pobre, apoyos a los desempleados, jóvenes y adultos mayores mediante ayuda alimentaria, estímulos a la industria y la agricultura. El New Deal también incluyó una serie de reformas a las regulaciones bancarias para evitar un nuevo colapso financiero. Todas estas acciones impulsaron la economía y el bienestar, aunque fue hasta la Segunda Guerra Mundial que la economía estadounidense llegó nuevamente al pleno empleo, al reactivarse la industria relacionada con las actividades militares.

Ante tales penurias el gobierno no podía hacerse a un lado y esperar que las cosas se arreglaran por sí mismas. Ése fue el inicio del llamado Estado Benefactor, que surgió por las consecuencias de la depresión mundial. Los gobiernos no podían quedarse de brazos cruzados mirando cómo grandes grupos de la población estaban mendigando en las calles, en busca de empleo sin poder encontrarlo. La función del gobierno se modificó para hacerse cargo del bienestar de su población. Algo semejante ocurrió en otros países, que tuvieron que enfrentar la crisis social que se desató tras la crisis financiera de 1929 y que luego se agravó tras los estragos de la Segunda Guerra Mundial. México no estuvo exento y la crisis lo golpeó al disminuir las exportaciones mexicanas que iban a Estados Unidos, y con ella la disminución de la actividad agropecuaria e industrial y el consecuente pago de impuestos que el gobierno cobraba a las empresas exportadoras. Como el gobierno había declarado la moratoria de su deuda externa años atrás, y tampoco tenía manera de pedir prestado dentro de México, no pudo aumentar su gasto para invertir en obras que dieran trabajo a la gente y evitaran así el desempleo. Además, el gobierno de Estados Unidos repatrió a 300 mil trabajadores mexicanos, lo que agravó el problema de desempleo en México. Nuestro país fue uno de los más afectados en América Latina por la Gran Depresión en cuanto a la contracción del Producto Interno Bruto se refiere, sólo superado ligeramente por Chile. La crisis se prolongó por más de tres años. El peso mexicano se depreció frente al dólar, lo que hizo más caras las importaciones (porque el dólar era más caro). La gente prefirió adquirir lo que se producía en México, que era más barato, y así se empezaron a revitalizar las ventas de las empresas mexicanas. Además, el gobierno comenzó a imprimir dinero para aliviar la falta de crédito y la grave escasez de billetes y monedas en circulación. Incluso ya había regiones de México en que a falta de dinero se utilizaba el trueque. De 1931 a 1932, el gasto público aumentó más allá de la recaudación fiscal y la depreciación del peso continuó hasta 1935. Todo eso ayudó a que la gente tuviera nuevamente ingresos, gastara más y las empresas tuvieran la necesidad de producir. De esta manera, y conforme las exportaciones a Estados Unidos volvieron a aumentar, se salió de la crisis de aquel entonces ocasionada por la Gran Depresión. Ante el malestar de la población en todos los países por el desempleo generado por esta crisis quedó claro que los gobiernos no podían permitir esa zozobra y, en adelante, tendrían que intervenir en la economía.



En el caso de México, algunas de las preocupaciones sobre el bienestar de las personas se plasmaron en la Constitución de 1917, como los derechos laborales, el salario mínimo y el acceso a la tierra por parte de los campesinos. Hubo muchas resistencias a llevar a cabo estos cambios que entonces eran radicales. Por ejemplo, la Ley Federal del Trabajo, que regulaba las relaciones laborales, el derecho a huelga y otros aspectos relevantes, fue aprobada hasta 1930. Quien emprendió un camino efectivo hacia un Estado que se preocupara más por el bienestar de la población y que intervendría directamente en la economía fue el presidente Lázaro Cárdenas en el periodo de 1934-1940. Aun siendo presidente electo, Cárdenas (1895-1970) se propuso marcar el rumbo del Estado con la proclama del Primer Plan Sexenal, que suponía la intervención estatal directa en sectores estratégicos como eran los energéticos, las comunicaciones, el sector financiero y, en ocasiones la minería. Se buscaría crear las condiciones para la expansión del mercado interno (el consumo de los mexicanos) y que éste se convirtiera en el motor del desarrollo. El presidente Cárdenas impulsó, como nadie lo había hecho hasta entonces, el reparto agrario. El reparto agrario fue una de las promesas de la Revolución mexicana. En los primeros gobiernos posrevolucionarios, el de Álvaro Obregón (1880-1928) y el de Plutarco Elías Calles (1877-1945), hubo poca repartición de tierras conforme a la Constitución de 1917. Lázaro Cárdenas, que ya había promovido el reparto en Michoacán como gobernador, repartió, ya como presidente, 18 700 millones de hectáreas, cifra muy superior a lo repartido hasta entonces por los gobiernos posrevolucionarios, superada sólo 30 años después durante el sexenio (1964-1970) de Gustavo Díaz Ordaz, quien promovió la colectivización de la explotación de la tierra a través de cooperativas, no siempre con éxito. Además, Cárdenas llevó a cabo la expropiación de la industria petrolera en 1938, como muestra del rumbo que el Estado iba tomando, que fue fundamental por el papel de la energía en el desarrollo nacional. A las instituciones que promovían el desarrollo económico, y que habían sido creadas en los años veinte, como las comisiones nacionales de Caminos y de Riego, se agregaron la Nacional Financiera en 1934 y el Banco Nacional de Comercio Exterior en 1937. Debido a su activismo social, se ha dicho muchas veces que Lázaro Cárdenas fue un presidente populista y que se excedió en el gasto público, lo que en el mediano plazo se considera que provocó inflación y crisis. La creciente actividad económica conforme el país salía de la crisis, provocó un cobro mayor de impuestos. Por tanto, casi no tuvo déficit fiscales en su gobierno, y cuando los tuvo en 1938, los combatió de inmediato y regresó al balance fiscal. También tuvo que depreciar el peso el mismo día que anunció la expropiación petrolera, aunque el hecho pasó inadvertido para la mayoría de la población. Como parte de su política económica, redujo los gastos administrativos y de defensa para dejar más dinero para la inversión pública en carreteras y presas. A la economía le fue muy bien en esos años, y el sector privado también hizo grandes inversiones. Hubo responsabilidad, inteligencia y sensatez fiscal del presidente Cárdenas y de su secretario de Hacienda, Eduardo Suárez Aránzolo (1894-1976), lo que animó a inversionistas privados para acrecentar sus proyectos productivos.

Así, a partir de la recuperación de la Gran Depresión, y a lo largo de los años treinta, la economía mexicana inició un muy largo periodo de prosperidad y cambió poco a poco su estructura de producción. Primero, el sector industrial ganó preponderancia y se convirtió en el motor de la economía, aunque el campo siguió siendo importante. El desarrollo industrial se dio especialmente en las ramas de bienes de consumo, como alimentos, vestido, enseres domésticos, etc. Hubo algún avance en la producción de materias primas, como acero y combustibles, y muy poco desarrollo industrial de maquinaria y equipo. Así, las importaciones de bienes de consumo fueron sustituidas cada vez más por importaciones de materias primas y de maquinaria y equipo, y comenzó la industria del turismo internacional. La fuerza del crecimiento la dieron la inversión pública y privada, así como el desarrollo del mercado interno, es decir, la producción se llevaba a cabo por empresas radicadas en México y por compras de los mexicanos, a la par que las exportaciones de minerales y petróleo (compras del exterior) mantuvieron su ritmo de producción.

 

Sustitución de importaciones

El impacto de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) sobre la economía mexicana fue inmediato y profundo. El esfuerzo bélico de Estados Unidos supuso aumentar su producción de armamento y provisiones para su ejército, además de mantener en operación al país. Lo que antes se utilizaba para la fabricación de bienes civiles, como automóviles, ahora se usarían para jeeps o tanques. Igualmente, los aviones de pasajeros se convirtieron en aviones de guerra y, por tanto, el abastecimiento de materias primas “estratégicas” o relacionadas con la actividad militar se volvió una prioridad. Para México, esas necesidades aumentaron la demanda de diversos productos mexicanos  y la inseguridad internacional generó extraordinarios movimientos de capital y personas. El presidente Manuel Ávila Camacho (1897-1955) destacaba, en 1941, la fuerte entrada de capitales del extranjero que buscaban refugio ante los problemas de la guerra. A lo largo del conflicto y en los decenios que siguieron, el gobierno expandió con solidez la inversión pública y destinó relativamente poco al gasto corriente.

Una vez concluida la Segunda Guerra Mundial apareció la amenaza de una crisis económica para México, ya que disminuyeron las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos, pues este país ya podía abastecer su mercado, y como en México aún no se producían todos los bienes que requería la industria, se intensificaron las importaciones por el aumento de la prosperidad de la actividad industrial y los capitales salieron del país para regresar a sus lugares de origen. Con el fin de evitar una recesión económica, el gobierno expandió su gasto y aumentó la cantidad de dinero en circulación. Esto provocó el incremento de los precios, aunque las tasas de desempleo no fueron muy altas. El gobierno intentó frenar la crisis del peso mediante la restricción a las importaciones de bienes de lujo; fue inútil. No logró detener la demanda de dólares y, por tanto, no pudo evitar una nueva depreciación del peso en 1948, pero marcó el inicio de la política “proteccionista”, o también denominada política de sustitución de importaciones. A partir de entonces, esta política fue evolucionando con el paso del tiempo y se volvió más restrictiva y elaborada cada vez. Los aranceles, o impuestos a las importaciones, se transformaron en cuotas o límites cuantitativos específicos, de modo que sólo se podía importar un número específico de los bienes protegidos. Por ejemplo, podía haber una limitación a importar 1 000 camiones de carga de ocho llantas anualmente. Quedaba prohibido importar más unidades que esa cantidad. Durante los años cincuenta, y hasta principios de los sesenta, la economía mexicana experimentó una gran prosperidad. El crecimiento del PIB fue de más de 6% en promedio anual. El PIB por habitante o per cápita también mejoró muy rápidamente (3.0% al año), a pesar del alto crecimiento de la población que entonces era de 3.1% anual. Por cierto, la tasa de crecimiento de la población era así de alta porque la tasa de mortalidad infantil se había reducido de manera notable, debido a las mejoras en la sanidad de la población (vacunas, limpieza y cuidado de alimentos, entre otras) (fi gura 2.4). Al mismo tiempo, las mujeres seguían teniendo más o menos el mismo número de embarazos que en años previos, por lo que la tasa de natalidad (tasa de fertilidad menos tasa de mortalidad infantil) aumentó considerablemente, y morían menos bebés que antes. México ocupaba entonces uno de los primeros lugares de crecimiento económico per cápita a nivel mundial. Además, dado que la fuerza laboral estaba aumentando menos que la población la productividad laboral o el producto promedio por trabajador se acrecentaba aún más, marcando uno de los periodos prolongados de mayor bonanza en la historia contemporánea del país. ¿Por qué no aumentaban en aquellos años la población y la fuerza laboral al mismo ritmo?, ¿qué se necesitaría para que ello ocurriera?

La economía no era lo único que prosperaba. En cuanto a la cultura, el arte mexicano en todas sus expresiones también floreció. Fue la época del rompimiento del muralismo heredero de la revolución por pintores como José Luis Cuevas (1934-2017) y Rufino Tamayo (1899-1991), que modificaron la temática y el formato de los decenios previos.

Así, durante esta etapa conocida como de “sustitución de importaciones” el gobierno mantuvo, en lo económico, un doble papel: por un lado, promovió la política de fomento económico mediante la inversión en infraestructura básica (carreteras, energía, puertos, entre otros), mientras que el sector privado participó aumentando su propia inversión en nuevas empresas, edifi cios y otros tipos de inversión. Había una complementariedad entre ambos, que potenció la productividad y la efi cacia de los recursos invertidos.

El éxito económico de esos años se debió a que la inversión total, pública y privada, aumentó con rapidez (7% en promedio anual durante los años cincuenta) y por encima de lo que creció el PIB. Un factor central que explica el dinamismo de la inversión privada era contar con un mercado cautivo que no tuviera competencia del exterior. Este sistema proteccionista, que estaba basado en aranceles (impuestos a la importación de productos) y cuotas de importación (cantidades limitadas de bienes que se podían importar), fue refinado y acentuado a lo largo de los años cincuenta.

Sin embargo, la fuerza que mostraba la economía mexicana comenzó a crecer a un ritmo mucho más lento hacia el final de los años cincuenta y principios de los años sesenta, comparado con el aumento de años previos. Parecía que el esquema de desarrollo comenzaba a mostrar signos de fatiga, de que ya no se podría seguir igual.

 

 

Desarrollo estabilizador

 

El periodo de 1958 a 1970 se conoce como el “desarrollo estabilizador”. A éste se le reconoce como aquel en el que hubo mayor prosperidad y una inflación muy baja, y por lo general se le compara favorablemente con cualquier otro periodo de la historia económica del país. Es cierto, la economía mexicana disfrutó de uno de sus periodos de crecimiento de mayor éxito durante los años sesenta. El PIB creció 6.5% por año entre 1960 y 1970, y el PIB por habitante aumentó 3.1% al año. La inflación fue de apenas 2.3% en promedio durante todo el decenio. En esa prosperidad, el gobierno tuvo más recursos para invertir. Por ejemplo, se expandieron notablemente los servicios educativos y del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), así como en la infraestructura carretera y la generación de energía eléctrica. Al mismo tiempo, la expansión del comercio mundial, y por tanto de las exportaciones mexicanas, le dio a México la oportunidad de mantener el tipo de cambio fi jo, desde 1954, a 12.50 pesos por dólar. Por estas razones, el desarrollo estabilizador se ha quedado en el imaginario público como el más próspero y necesario de emular, a pesar de que en realidad ya tenía problemas serios y no se iba a poder mantener en el largo plazo. No obstante, es verdad que durante la década de 1960 hubo gran prosperidad y también se aceleró el proceso de urbanización y crecimiento de las ciudades. Para 1970, 48.6% de la población ya vivía en zonas urbanas (poblaciones mayores a 1 500 habitantes)

El desarrollo del país durante estos años, como había sido en realidad desde los años treinta, se enfocó del todo hacia el mercado interno, y en especial en la industria, auxiliado por un vigoroso sector bancario y financiero. Para entonces, las empresas nacionales estaban proveyendo la mayor parte de los bienes de consumo. Lo que seguía, era integrar verticalmente todas las actividades productivas, es decir, se debían producir también bienes intermedios y de capital, lo cual no iba a ser fácil. Mientras tanto, la agricultura y la industria extractiva se rezagaron con respecto a la industria y a los servicios, hasta casi llegar a su paralización.

Sin duda, un éxito importante del modelo de desarrollo estabilizador durante los años sesenta fue el alto crecimiento y la baja inflación.

En promedio anual, la inflación fue de apenas 2.3%, a pesar de que los déficit fiscales registrados en los años sesenta fueron superiores a los observados en los años cuarenta y cincuenta. El gobierno pudo contener la inflación porque no imprimió dinero para pagar sus gastos cuando los impuestos fueron insuficientes. Más bien, recurrió a pedir prestado a los bancos. El financiamiento al gobierno otorgado por el sistema financiero pasó de 12% en 1963 a casi 25% en 1970. Así, estas cifras estuvieron influidas sin duda por la ausencia de guerras u otras crisis externas que alteraran fuertemente la economía internacional, como ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial o la Guerra de Corea apenas algunos años antes. Además del desempeño económico positivo, el avance en la educación básica y secundaria fue también muy importante durante el periodo 1940-1970.

Con el tiempo, esta política de mexicanización estimuló la inversión mexicana en las industrias protegidas y, en algunos casos, hubo resultados positivos, como en la minería, que recuperó parte de su dinamismo. Pero al mismo tiempo, el exceso de protección significó en muchas ocasiones la pérdida de eficiencia que hacía muy difícil que estas industrias produjeran con eficiencia y compitieran en el exterior. Su productividad era menor a la que tenían otras empresas semejantes en otras partes del mundo. Y si no se podía exportar, ni tampoco había inversión extranjera, entonces los dólares que se necesitaban tendrían que provenir del endeudamiento externo. No había otra manera. Como consecuencia, la deuda del gobierno mexicano con el exterior se duplicó en la década de 1960. Ello limitaría más adelante el crecimiento económico, pues el gobierno tendría que cubrir los intereses y amortizaciones de la deuda, lo que le quitaría recursos para cubrir sus gastos regulares, como educación, salud y otros servicios públicos. Estas limitaciones tendrían consecuencias y se harían evidentes en el decenio siguiente.

Durante los años sesenta, en el desarrollo estabilizador, la economía mexicana vivía una etapa brillante de su historia reciente. No obstante, escondía una serie de debilidades que ponían en entredicho la viabilidad de que ese rápido crecimiento pudiera sostenerse en el largo plazo, de las cuales mencionaremos las tres que se consideran más signifi cativas. La primera, surge de la política proteccionista de los productores nacionales contra la competencia externa, que con el tiempo se fue ampliando, al tiempo que el gobierno alentaba y protegía sindicatos afi nes políticamente. Ello iba en detrimento de las empresas, pues elevaba los costos de producción, a pesar de poder vender los productos a precios más altos debido a la protección.

Una segunda debilidad del modelo de desarrollo estabilizador es que se descuidó el campo y se privilegiaron la industria y las actividades económicas urbanas. ¿En qué sentido? Por un lado, con una buena intención, el gobierno había creado la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (Conasupo), con el fi n de garantizar un precio mínimo a los campesinos y evitar así que los intermediarios se quedaran con las ganancias, de por sí pocas, de los agricultores. Es decir, Conasupo se convertía en el principal comprador de productos esenciales del campo, como maíz, trigo, soya, frijol, y muy pronto desplazó a cualquier otro comercializador potencial. Entonces, el precio que fi jara la Conasupo sería prácticamente el precio de mercado

Una tercera debilidad del desarrollo estabilizador, quizá la más fundamental, fue la creciente incapacidad de la economía mexicana, o más bien de los mexicanos, para podernos bastar a nosotros mismos. Dicho de otra manera, en ese tiempo se hizo evidente que no podíamos generar los recursos necesarios para poder crecer. Los ahorros que teníamos no eran sufi cientes para cubrir la inversión que se requería. Necesitábamos que otros países nos prestaran los recursos que generaban por un excedente de producción, es decir, que habían producido de más, para que nosotros pudiéramos completar los recursos que requeríamos. A eso se le llama la brecha entre ahorro interno e inversión, que entonces tuvo que cubrirse con ahorro externo.

No obstante estas debilidades del modelo del desarrollo estabilizador, el decenio de los años sesenta registró un elevado crecimiento económico, estabilidad de precios y del tipo de cambio, con avance social en muchos sentidos. Pero para finales del decenio comenzó a ser evidente que había problemas que, de continuar, se volverían estructurales. El monto de la deuda externa se fue acumulando hasta que, ya en 1970, su servicio (pago de amortizaciones e intereses) requería 26% de los ingresos por exportación y equivalían a 2.4% del PIB. Años más tarde, lo que el país dejaba de invertir para pagar el servicio de la deuda llegó a niveles exorbitantes. Parecía que el camino de rápido crecimiento económico llegaba a su fi n y se enfrentaban dificultades que no podían soslayarse.

Modelos económicos en México. Pág (40 - 73). https://crd.macmillanprofesional.com.mx/praxis/materias/assets/bloque/5_ese_bloque.pdf


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